El hombre que hizo posible lo imposible

Detrás del alma hay un hombre. Se llama Francesc Moragas y nació 150 años atrás, en 1868. Pero ¿quién fue Francesc Moragas?

Hay un hombre. Viste con pulcritud, sombrero y guantes de corte excelente, y en sus andares no hay vanidad alguna. Es domingo por la mañana, un día bonito de invierno. Pasea cuesta arriba, hasta llegar a la falda del Tibidabo. Entra en el Amparo de Santa Llúcia y un grupo de niñas invidentes lo rodean al ser anunciada su llegada. Se sientan al sol, y él abre un libro en braille que lee en voz alta. Así pasa su día de descanso. A veces, se traslada en ferrocarril a Torrebonica, en tierras egarenses, y conversa jugando al ajedrez, “una gimnasia cerebral efectiva”, decía, o al dominó con personas enfermas de tuberculosis y sus familiares.

Este hombre es Francesc Moragas (1868-1935). Además de aprender a leer en braille, creó una imprenta especializada en este tipo de libros cuando en el país aún no los había. Su impulso vital fue siempre uno: ayudar a los más desfavorecidos y contribuir al progreso social. Nació un 13 de diciembre, y su salud era enfermiza. La fortaleció a base de esfuerzo y constancia en el deporte, en particular la bicicleta, el invento de la época. Para él, lo imposible siempre era (y es) posible, solo que un tanto más difícil que las cosas difíciles.

Antes de cumplir los 13 años, su padre falleció. Al año, su madre (la Mamita, una mujer culta y de gran personalidad) se casó con el abogado aragonés Juan Antonio Sorribas. Tutor excelente y hombre muy viajado por Europa, despertó en el adolescente el interés por los idiomas y el estudio, especialmente el de la previsión social. Cuando Moragas se licenció en derecho y se apremiaba a ejercer la abogacía, el padrastro falleció y le dejó la revista Los Seguros, que había fundado en 1884, época en que ese tipo de contratos apenas eran conocidos en el país. El joven decidió entonces centrar su carrera en este campo novedoso y pasó a dirigir la publicación, trabajando por la aplicación justa de este tipo de indemnizaciones.

Llegó 1902 y estalló una huelga general sin precedentes desencadenada por las duras condiciones que soportaban los obreros. Fue reprimida de manera cruda por la policía. Hubo muertos y muchos heridos. Francesc Moragas era un humanista y un observador nato. Él había recorrido en bicicleta el país, también a pie su ciudad, conocía a sus gentes y las necesidades, y sabía que no de caridad se modernizaría el país. Urgía implantar un sistema de ayuda y previsión social que armonizara la sociedad.

Aun pareciendo un hombre solitario, Francesc Moragas tenía un montón de amigos. Por mediación de Lluís Ferrer-Vidal y con la complicidad de siete entidades empresariales del país, se lanzó en los diarios una llamada para que los barceloneses aportaran dinero para los heridos y los familiares de los muertos que se hizo, en expresión de hoy en día, “viral”. De sobrar una cantidad, como ocurrió, se utilizaría para crear una caja de pensiones pensada para el futuro de los obreros. Este fue el origen, el 5 de abril de 1904, de la Caja de Pensiones para la Vejez, nuestra actual CaixaBank.

Hacia 1920, en solo 16 años, la entidad se convirtió en la primera caja de ahorros de Cataluña y de España. A partir de entonces, Francesc Moragas se entregó a su quehacer altruista. Así, empoderó a las mujeres con la instauración de un instituto ejemplar dedicado a formar a las trabajadoras; levantó centros de rehabilitación y de investigación para combatir la tuberculosis; impulsó la primera red de bibliotecas para luchar de manera global contra el analfabetismo; abrió casas de cultura y adquirió obras de arte de colecciones privadas para donarlas a la Junta de Museos…

Así nació la que es hoy la tercera institución filantrópica del mundo bajo el paraguas de ”la Caixa”. Como le gustaba decir a Francesc Moragas, “El trabajo, en la cabeza; la gente, en el corazón”.